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Conciliación familiar con Realtus

¿Queréis conocer el día en que Martina lloró… de felicidad?

Martina es una mujer, valenciana, de 31 años de edad, tiene estudios universitarios, está casada y es madre de dos hijas.

Martina empezó a trabajar con 20 años, para pagarse los estudios. Compaginó la carrera con un empleo vespertino que la permitía pagar el alquiler de su estudio y el material de estudio necesario, a parte de la matrícula y demás gastos derivados, de su casa recién emancipada y de la Universidad.
Cuando terminó la carrera encontró trabajo en una agencia inmobiliaria y allí echó raíces y trabajó de sol a sol día tras día. Con sus ahorros pudo cambiar su estudio por un apartamento, “con una terracita monísima” como le gusta decir a ella.

A los 26 años conoció a Santi, su actual marido.

Se enamoraron, viajaron, fueron decenas de veces al cine y después a picar algo y un buen día tomaron la decisión de irse juntos a vivir. Santi fue más allá y la propuso matrimonio.

Os podéis imaginar los dos años siguientes… Redujeron los viajes y, en vez de ir al cine y cenar por ahí empezaron a cenar en casa viendo un DVD. Tenían que ahorrar. Para la boda, para el futuro y porque habían visto un piso de dos habitaciones que, como decía Santi, sería suyo “sí o sí”.

Santi trabajaba en otra inmobiliaria. Su jornada de trabajo era… bueno, no tenía jornada de trabajo. A veces Martina reía y le decía, «¿y si en vez de comprarnos el piso nos dejan un despacho en tu oficina? Así nos veríamos algo” a lo que respondía Santi “y eso que nos ahorraríamos”.

Llegó el piso, y con él la entrada, la hipoteca, la boda y las facturas de comunidad, IBI, derramas… y con ellas dejaron de viajar y donde antes trabajaban de sol a sol, ahora se veían media jornada del sábado y el domingo no tenían fuerzas ni para quedar con los amigos.

Al tercer año cambiaron las cosas.

Martina se quedó embarazada, de mellizas, y Santi empezó a descubrirse canas al mirarse al espejo. Decoraron la habitación para las niñas. Las maletas y las bicicletas se esfumaron del trastero: parecía un economato con tantos pañales, toallitas, taca-tacas y sillas dobles para salir a pasear.

La cosa empezó a desbordarlos cuando Martina se tuvo que reincorporar después de la baja por maternidad. La habían cambiado de mesa, ahora tenía una al lado del pasillo, por no decir “en medio del pasillo, ¡si parezco la planta que hay al lado de la fotocopiadora!”

El jefe de Martina se irritaba cuando la escuchaba decir que tenía que ir a la guardería por esto o por aquello. Y no imagináis cómo se puso un día que una de las niñas estaba mala y Martina le llamó por teléfono para pedirle el día libre, que se lo descontara de las vacaciones, porque su hija la necesitaba.
No volvió a necesitar hacer esa llamada.

No volvió a necesitar días libres, no planificar sus vacaciones.

Martina pasó a engrosar la lista del paro y se avecinaba una crisis que amenazaba la economía de todo el país… No quería preocupar a Santi, el pobre había ampliado sus horas de trabajo con el convencimiento de tener unos ingresos extra y poder compensar la falta de un sueldo. Las horas extras llegaron, pero su jefa no se las pagó.

Pasaron medio año angustiados. Casi desesperados.

Hasta que Martina descubrió Realtus.

Al principio no se lo creyó.

Podría trabajar como agente inmobiliaria, cobrar unos honorarios del 70% al 90% del importe de la venta. No tendría que buscar clientes puesto que ProntoPiso, la empresa que había creado Realtus se los pondría a su disposición. ProntoPiso ponía los pisos y los posibles compradores. Y ponía además una herramienta que se llama Realtus para poderlo gestionar, coordinar… Y la ponía asesores fiscales, abogados… y, (aquí es cuando afloraron las lágrimas en su rostro), no imponía horarios de ningún tipo.
El corazón se la salía del pecho.

Leyó y releyó las explicaciones de Realtus.

No daba crédito y decidió registrarse en Realtus y ver qué tenía de cierto lo que leía.
Por cierto, las hijas de Martina se llaman Amparo y Socorro. Ahora van al cole. Las lleva Martina. Después vuelve a casa, se toma un zumo de esos de toda la vida, de naranja recién exprimida, desayuna con toda la tranquilidad del mundo, mientras prepara su agenda del día. Hace un alto para su sesión de Yoga. Y a trabajar hasta las 16:15h, con pausa entre medias para cocinar y almorzar en casa.

En este rato Martina habrá quedado con un par de clientes, de clientes potenciales que le ha proporcionado ProntoPiso para visitar el mismo piso. Algo la hace pensar que el piso se venderá y en breve verá en su cuenta corriente los honorarios pagados por Realtus.

A las 16:30 apaga el ordenador, coge el coche y se va a por las niñas al colegio. Los lunes, miércoles y viernes van las tres juntas a nadar y al salir de la piscina los espera Santi, que ha cogido un par de kilitos… y no miramos a nadie, y se van juntos para casa. Las niñas hacen sus deberes, mientras los padres se cuentan el día.

Ese día, porque llegó, cuando Santi dormía, Martina lloró de felicidad.

Pueden vivir en familia. Trabajan para vivir… no viven para trabajar.

Y todo gracias a Realtus.
Obviamos deciros que esta familia es una ficción. Pero también os aseguramos que son muchas y más que serán, las familias que ya han recuperado su vida familiar gracias a la flexibilidad que les proporciona Realtus.
¿Quieres trabajar para vivir?

 

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